jueves, diciembre 08, 2011

Contexto, sintaxis lógica y significado de los nombres en el Tractatus



Contexto, sintaxis lógica y significado de los nombres en el Tractatus: Determinación del sentido, sinsentido y elucidaciones.

Ponencia

II Seminario Wittgenstein (Diciembre, 2, 2011)


Guido Vallejos 
Universidad de Chile



I. Introducción 
El propósito de esta ponencia es mostrar las bases de la determinación del sentido de una proposición en el Tractatus. Esto tiene consecuencias para la noción de sinsentido y también para el carácter elucidatorio que W. asigna a la filosofía. Una buena parte de lo que expondré concuerda, en algún sentido que no es del caso detallar aquí, con lo que sostienen los llamados lectores resueltos del Tractatus (Conant 2000 y 2002; Diamond 1991). Sin embargo, en esta ocasión no mi propósito defender ni atacar este tipo de lectura.

II Contexto interpretativo

(a) NOL B61. La filosofía consiste en lógica y metafísica: la lógica es su base. 
(b) NB 13.10.14. La lógica se cuida de sí misma; todo lo que tenemos que hacer es mirar y ver cómo lo hace. (Cf. También TLP 5.473.) 

(c) TLP. 6.54 Mis proposiciones son elucidaciones de este modo: quien me entiende las reconoce al final como sinsentidos, cuando mediante ellas ―a hombros de ellas― ha logrado auparse por encima de ellas. (tiene, por así decirlo, que tirar la escalera una vez que se ha encaramado en ella.) Tiene que superar esas proposiciones; entonces verá el mundo correctamente.
Tomo a NOL B61 con el alcance siguiente: La lógica es constitutiva del mundo, el pensamiento y el lenguaje. Esta es una tesis metafísica que, finalmente, no puede expresarse a través del lenguaje, lo que lleva a 6.54.
  
III Estados de cosas y pensamientos
1. Los estados de cosas son combinaciones de objetos. En cuanto tales tienen una estructura. La estructura de los hechos pese a ser contingente, debe estar prevista por la lógica, la cual es la fuente de todas las posibilidades. La forma de cada uno de los objetos contiene todas las combinaciones posibles de objetos (estados de cosas) en las que cada uno de esos objetos puede participar. De este modo, se configura lo que W. denomina el espacio lógico. Los hechos en este espacio tienen la posibilidad de existir o no existir.
2. Los pensamientos figuran un hecho en el espacio lógico. Los pensamientos en la medida que tienen elementos constituyentes organizados de tal y tal manera, son también estructurados y, por lo tanto, hechos. Por su carácter representativo, la posibilidad de su estructura depende de la forma de figuración lógica. En virtud de ésta: 1) los elementos de la figura se conectan con los objetos del estado de cosas en el espacio lógico y 2) hay una regla de mapeo (forma de figuración lógica), en virtud de la cual un pensamiento es isomórficamente esencial respecto al hecho que figura. La figura, no obstante está en este tipo de relación representacional con el estado de cosas en el espacio lógico, no puede figurar su forma de figuración.

IV. Proposiciones y sentido 
3. El lenguaje consta de proposiciones. Estas no revelan en forma inmediata la lógica que subyace a ellas, la que es encubierta por las características materiales de un signo. Pero si aceptamos B61 y NB 13.10. 14 (o TLP 5.473), podemos desvestir los signos de sus ropajes aparentes y descubrir que cada proposición del lenguaje está en perfecto orden lógico. Esto significa que cada proposición, dados esos supuestos, tiene un solo análisis. cada proposición es analizable en proposiciones elementales, ie., proposiciones que no son analizables en otras proposiciones. Las proposiciones elementales tienen como constituyentes nombres, a los que Wittgenstein caracteriza como signos simples. Una proposición elemental es de este modo una estructura: consta de nombres organizados de una determinada manera. Un signo proposicional con estas características expresa un pensamiento. El pensamiento, aparte de figurar también un hecho posible, contiene el método de proyección de la proposición sobre el estado de cosas posible en el espacio lógico.
4. La proposición elemental por ser estructurada es un hecho. Cabe aquí también la pregunta de qué es lo que hace posible su carácter estructurado. Al igual que la figura, la proposición tiene un carácter representacional, por lo que la posibilidad de su estructura (su forma) también es caracterizada de un modo relacional, tanto o más peculiar que el de la figura (cf. TLP 3.1 – 314). Su forma reside en la relación de proyección que esta establece con el hecho por ella representado en el espacio lógico. Pertenece al contenido de la proposición todo lo relacionado con la proyección, pero no lo proyectado (el hecho en el espacio lógico). Pero dentro de lo que concierne a la proyección está la posibilidad (o forma) de aquello que la proposición proyecta. De este modo, la proposición, en rigor, no está por el hecho que representa ni tampoco representa --en un sentido filosóficamente trivial, como en la relación representación/representado-- un hecho determinado, sino que contiene la forma de aquello que representa y, con ello, la posibilidad de lo representado. De este modo, la proposición dice que así están las cosas en el mundo y muestra también aquello que hace posible que las cosas estén como la proposición dice que están. Si esto es así, el sentido de la proposición, no es representacional --en la acepción trivial que comenté más arriba--, sino que es más bien la mostración de lo que hace posible decir que así están las cosas.


V. Determinación del sentido

5. Hasta este punto, lo que podría llamarse la semántica de las proposiciones exhibe una cierta indeterminación: las proposiciones ‘Juan ama a María’ y ‘María odia a Juan’ solamente muestran lo que hace posible que esas dos proposiciones digan cómo estarían las cosas si esas dos proposiciones fueran verdaderas. El sentido que esas proposiciones muestran no está todavía determinado. Siguiendo a Wittgenstein: 
La exigencia de la posibilidad de los signos simples es la exigencia de la determinación del sentido. TLP 3.23 
A los signos simples dentro del contexto de una proposición elemental, Wittgenstein los denomina nombres. Esta denominación no es correlativa a lo que en una gramática elemental del lenguaje se entiende nombre --p.e., como diferente de un verbo. Los nombres tiene una denotación. En términos muy generales, la denotación de los nombres es un objeto. ¿Pero es esto suficiente para satisfacer la determinación del sentido de una proposición? 
6. En este respecto Wittgenstein afirma:  
Sólo las proposiciones tiene sentido; sólo en la trabazón de una proposición un nombre tiene significado. (TLP 3.3.) 
Esto recuerda el principio del contexto de Frege: Solamente en el contexto de una oración sus constituyentes tienen significado. El principio del contexto, como se verá, se aplica en la elucidación del significado de los nombres. En las consideraciones que siguen se tendrá presente el siguiente pasaje del Tractatus: 
Frege dice: Cualquier proposición legítimamente formada tiene que tener un sentido; y yo digo cualquier proposición posible está legítimamente formada, y si no tiene sentido esto sólo puede ser consecuencia de que no hemos dado significado a una de sus partes constituyentes. (Incluso si creemos habérselo dado.) (TLP 5.4733) 

IV. Elucidaciones, simbolismo y sintaxis lógica 
7. En 3.263 W afirma que el significado de los signos primitivos ―nombres― solamente puede ser explicado mediante elucidaciones. Las elucidaciones son las proposiciones elementales en que tales signos aparecen. Sin embargo, comprender las elucidaciones presupone que el significado de los nombres está determinado. Parecería como si el significado de los nombres tuviera que estar determinado previamente para comprender las elucidaciones. Si así fuera, entonces no sería necesario postular la dependencia del significado de los nombres del contexto de la proposición. Pero lo anterior, a su vez, supone que hay algo así como el significado general de un nombre. Este tendría que ser el objeto y, más específicamente, ya que estamos hablando del significado general de un nombre, la forma de ese objeto. En el ámbito ontológico los objetos son independientes en la medida en que no pueden ser individuados en virtud de algún tipo de relación interna que mantengan con otros objetos; pero, por su forma, son dependientes de su participación en múltiples concatenaciones de objetos que constituyen hechos atómicos. En el ámbito del lenguaje, los nombres exhiben independencia en la medida en que para determinar su significado no se requiere apelar a otros nombres o proposiciones; la determinación de su significado depende de que esté por el objeto simple que denota. Si un nombre está por un objeto, está también por su forma. Pero, si meramente estuviera por su forma, el nombre estaría por la totalidad de configuraciones de objetos en las que el objeto denotado por el nombre podría participar. Si así fuera, el significado de ese nombre sería altamente indeterminado, pues expresaría todas las combinaciones de objetos en las que podría participar. Esto haría imposible que el nombre contribuyera a la determinación del sentido de una proposición. El sentido de una proposición completamente analizada muestra cómo estarían configurados los objetos si esa proposición fuese verdadera, y no la totalidad de combinaciones posibles en el espacio lógico en las que los objetos nombrados en la proposición participan. La proposición representa un estado de cosas determinado, y, si es así, el significado de los nombres de una proposición elemental son los objetos en la medida que forman parte de una configuración específica. De este modo, sólo en el contexto de una proposición, si ésta es una proposición que tiene un sentido determinado, los nombres tienen significado. 
8. La aclaración anterior permite comprender mejor el rol que cumplen las elucidaciones. Supongamos que alguien intentara comprender el significado general de un nombre y que esa persona, al intentar comprender el significado general del nombre, no busca establecer la participación específica de un objeto en un hecho atómico, sino la forma o esencia del objeto por la cual está el nombre independientemente de la participación del objeto en esa configuración específica. De acuerdo al planteamiento de Wittgenstein, no podrá acceder a la forma por la cual está ese nombre mediante una definición que ponga de manifiesto su esencia. La definición establece una relación de identidad entre el nombre a definir y su definición. Ello implicaría que tanto el definiendum ―el nombre a definir― y su definiens ―la definición― denotan el mismo objeto. Pero si se acepta que el nombre a definir es simple y no analizable, la sola posibilidad de la definición pone en cuestión la simplicidad de ese nombre. Ahora, podría plantearse que esta dificultad puede zanjarse si tanto el definiendum como el definiens son simples. Pero si es así, entonces o bien ambos significan el mismo objeto o bien significan diferentes objetos. La segunda alternativa es obviamente absurda ya que, si no significaran lo mismo, la definición no cumple el propósito de preservar la identidad. La primera de las alternativas también lleva a un absurdo, pero menos obvio que el anterior. En efecto, si ‘A = B’ dice que el objeto a es idéntico al objeto b, entonces se requeriría un criterio que permita discernir esa identidad. Si lo hubiera, entonces habría que agregar a la definición una especificación de las propiedades que los hacen idénticos. Pero agregar esa especificación a la definición, inmediatamente pone de manifiesto que el definiendum no es una expresión simple y que, en consecuencia, el nombre a definir no puede denotar un objeto simple. Luego, ‘A = B’ no tiene sentido ya que la identidad entre los objetos que A y B denotan, siendo estos simples, no es posible de discernir. 
9. Aparentemente, la imposibilidad de definir los nombres dejaría en muy mal pié la posibilidad del análisis. Como bien lo señala Fodor (1998), una buena parte de la filosofía analítica descansa en la posibilidad de que pueda establecerse algún tipo de relación definicional entre los términos sometidos al análisis filosófico. Wittgenstein presenta una alternativa al fundamento definicional del análisis, mediante lo que él denomina elucidaciones. Él plantea que lo que más arriba denominaba el significado genérico de un nombre puede ser comprendido si se enumeran todas las proposiciones elementales en las que ese nombre aparece. La totalidad de las proposiciones elementales en las que ese nombre aparece es, en este caso, el equivalente lingüístico de la forma del objeto denotado por ese nombre. En efecto, enumerar la totalidad de las proposiciones elementales en las que aparece el nombre, equivale a enumerar la totalidad de los hechos atómicos en el espacio lógico en los que participa el objeto significado por ese nombre. Y la totalidad de configuraciones de objetos en las que el objeto significado por el nombre es lo mismo que la forma de ese objeto. Este procedimiento enfatiza, en un plano más general y abstracto, la dependencia del significado de los nombres respecto de la proposición. En efecto, si con propósitos de análisis se quiere explicar el significado del nombre N, lo que debiera hacerse es enumerar las proposiciones elementales en que N aparece. La explicación del significado del nombre de N no es, por lo tanto, su definición, sino su elucidación; es decir, la enumeración de la totalidad de las proposiciones elementales en las que ese nombre aparece.
10. Sin embargo, el listado de elucidaciones por sí solo no es una pista suficiente para establecer el significado de un nombre. Se requiere una especificación adicional de las propiedades del lenguaje. Esto podría dar lugar, si bien no a un criterio, por lo menos a una instancia reguladora para establecer el significado de un nombre. La concepción del simbolismo subyacente a la proposición, que da origen a la sintaxis lógica, puede considerarse como esa instancia reguladora.

‘Expresión y ‘símbolo’ son para Wittgenstein términos sinónimos:

Llamo una expresión (un símbolo) a cada una de las partes de una proposición que caracteriza su sentido.

Expresión es todo aquello, esencial para el sentido de una proposición, que las proposiciones tienen en común unas con otras (TLP: 3.31). 
Hablar de la proposición en general y de las partes que son esenciales a su sentido, presupone una noción de la forma general de la proposición. En este nivel de consideraciones, La expresión es constante en tanto constituye la forma general de la proposición, y es variable cuando las diversas proposiciones cuyo sentido caracteriza constituyen sus valores. Wittgenstein denomina ‘variable proposicional’ a la expresión concebida como variable.

Los valores que la variable puede asumir no es algo librado al azar, sino que debe ser determinado; pero su determinación no supone una elucidación del significado de las proposiciones que constituyen sus valores. La determinación de los valores de la variable supone una descripción de las proposiciones cuya nota común es la variable; pero no es una descripción de cada una de ellas en particular, sino de los símbolos constituyentes que en la expresión caracterizan su sentido:  
Y sólo esto es esencial a la determinación: que sea sólo una descripción de los símbolos y no asevere nada acerca de lo designado (TLP: 3.317) 
El sentido de una proposición queda así determinado en sus aspectos esenciales, sin necesidad de recurrir a la relación que sus constituyentes tienen con los objetos del mundo para hacerlo. Recurrir a la especificación de dicha relación es un sinsentido, pues ella involucraría intentar representar aquello que es condición de cualquier representación. El simbolismo proporciona las pautas necesarias para la determinación del contenido de los nombres en el contexto de cada proposición. 
Para tener una noción clara de lo que Wittgenstein entiende por símbolo es necesario distinguirlo del signo. El signo es la cara perceptible del símbolo. Esto no significa que el signo refleje siempre al símbolo en la forma más adecuada. Por ejemplo, dos símbolos pueden tener en común el mismo signo. Es el caso de la proposición: ‘El (SR.) Blanco es blanco’, en la cual hay un solo signo —‘blanco’—, pero que designa de dos modos diferentes, por cuanto pertenece a dos símbolos distintos. Estas confusiones, producto de la falta de una relación unívoca entre el signo y los modos de designación del signo contenidos en el símbolo, dan origen, según Wittgenstein, a una buena parte de los problemas filosóficos. Cuando, por ejemplo, se pregunta si lo bueno es idéntico a lo bello, se está preguntando, en el fondo, si acaso ‘bueno’ y ‘bello’ a pesar de ser signos distintos designan del mismo modo o, en otras palabras, si corresponden al mismo símbolo o expresión. Para evitar estos problemas, Wittgenstein recomienda usar un simbolismo que obedezca a la sintaxis lógica. En esta, a cada símbolo debe corresponder un signo o no deben existir dos signos que designen aparentemente del mismo modo y efectivamente no lo hagan —como en el caso de la identidad entre lo bueno y lo bello. En la sintaxis lógica: 
El significado de un signo no debe nunca desempeñar ningún papel; el significado debe poder establecerse sin que haya por ello que hablar del significado de un signo, debe sólo proponer la descripción de la expresión. (TLP: 3.33).  
Es difícil imaginar de qué modo puede llegarse a establecer el significado de un signo solamente describiendo el símbolo o la expresión. Por otra parte, se hace también difícil describir la expresión de un signo cuando previamente no se ha establecido si tiene o no un significado.
Sin embargo, la apelación al simbolismo como aquello que determina los modos de designación le parece a Wittgenstein suficiente para establecer el significado de un nombre recurre a una formulación ad hoc de la máxima conocida como la navaja de Occam:
Si un signo no es necesario carece de significado. (TLP: 3.328) 
Si todo funciona como si un signo tuviese un significado, entonces tiene un significado. (TLP: 3.328) 
Más que un criterio metodológico para distinguir los signos con significado de aquellos que no lo tienen, Wittgenstein piensa, al parecer, que la máxima es inherente al simbolismo subyacente a lenguaje. 
Pero, ¿cómo saber si un signo es innecesario? Solamente por su uso en una proposición. Es en virtud de dicha aplicación que el signo determina la forma lógica que la proposición muestra. La descripción de la expresión o del símbolo permite establecer el significado de un signo sin necesidad de hablar del significado del mismo. Las reglas de la sintaxis lógica surgen como inteligibles por sí mismas (TLP 3.334).  

V. Elucidaciones y sinsentidos 
11. De acuerdo a 5.4733 “cualquier proposición posible está legítimamente formada, y si no tiene sentido esto sólo puede ser consecuencia de que no hemos dado significado a una de sus partes constituyentes. (Incluso si creemos habérselo dado.)”. Teniendo como antecedente lo que he expuesto anteriormente, el sinsentido se produce cuando no es posible determinar el significado de algunos de los nombres de una proposición aun cuando esta parezca estar legítimamente construida. Así la noción de sinsentido se opone a la de sentido determinado, tal como la hemos considerado más arriba. La determinación del sentido, tal como lo he expuesto, depende de la posibilidad (i) de las proposiciones completamente analizadas (o elementales); (ii) de los nombres como constituyentes de la proposición completamente analizada; (iii) de la determinación de su significado mediante elucidaciones guiadas por las especificaciones o estipulaciones simbólicas basadas en la sintaxis lógica.
Así concebidas, las elucidaciones no son proposiciones con sentido. En la medida en que apelan a descripciones de símbolos (i.e., lo que es común a una clase de expresiones que contribuye con su significado a determinar el sentido de una proposición), intentan expresar lo que es constitutivo del carácter representacional del lenguaje. Al hacerlo, caen fuera de los límites del lenguaje y son, por tanto, sinsentidos.
¿Expresan las elucidaciones sinsentidos importantes? Como dicen los lectores resueltos, no es posible distinguir entre sinsentidos importantes y sinsentidos literales. Un sinsentido es la imposibilidad de determinar el sentido de una proposición especificando los significados de los nombres con elucidaciones que siguen los pasos pautados por las observaciones (i) a la (iii) expuestas más arriba. 

Referencias

Conant, J. 2002.. Elucidation and nonsense in Frege and early Wittgenstein. En A. Crary (ed.). The new Wittgenstein. New York: Routledge. 
Conant, J. 2000. The method of the Tractatus. En E. H. Reck. From Frege to Wittgenstein: Perspectives on early analytic philosophy. Oxford: Oxford University Press. 
Diamond, C. 1991. Throwing away the ladder. En C. Diamond. The Realistic Spirit. Cambridge MS: MIT Press.
Wittgenstein, L. 2003. Tractatus Logico-Philosophicus. Madrid: Tecnos. (Traducción, introducción y notas de Luis M. Valdés Villanueva.)
Wittgenstein, L. 1961. Notebooks 1914 -1916. Oxford: Basil Blackwell.
Wittgenstein, L. 1961. Notes on Logic. En Notebooks 1914 -1916. Oxford: Basil Blackwell.

©Guido Vallejos Oportot


miércoles, junio 10, 2009

Seminario Wittgenstein: A 120 años de su nacimiento


Los días 11 y 12 de junio en la Biblioteca Nacional, Sala Ercilla, se realizará el Seminario Wittgenstein: A 120 años de su nacimiento. En este encuentro se presentarán catorce ponencias --once de filósofos nacionales y cuatro de filósofos latinoamericanos estudiosos del pensador austríaco. Asimismo, se presentarán dos conferencias. La conferencia final estará a cargo de la Profesora Carla Cordua, a quien se le hará un reconocimiento por su destacada contribución a la investigación en lengua española de la filosofía de Wittgenstein. El Seminario es gratuito y todas aquellas personas interesadas en los temas de la filosofía wittgensteiniana están cordialmente invitados.

domingo, julio 20, 2008

¿SON LAS CONDICIONES DE POSESIÓN DE UN CONCEPTO INEVITABLEMENTE EPISTÉMICAS?

Guido Vallejos
Centro de Estudios Cognitivos
Departamento de Filosofía
Facultad de Filosofía y Humanidades
Universidad de Chile

Este trabajo tiene como tema central las condiciones de posesión de un concepto. La formulación de tales condiciones forma parte de lo que es filosóficamente deseable que figure en una respuesta a la pregunta: ¿Qué son los conceptos? Se intentará mostrar que el problema de la naturaleza de los conceptos es 1) un problema de carácter ontológico; 2) es un problema complejo, i.e., consta de más de un componente, y 3) que la formulación de las condiciones de posesión de un concepto es parte del problema de la naturaleza de su naturaleza que debiera, por lo menos, ser coherente con el resto de las condiciones.

El atomismo informacional de Fodor (1998) es una teoría que da respuesta coherente al menos a 1) y 2), pero al intentar dejar de lado una de sus consecuencias más desagradables, el nativismo radical, pone de manifiesto que las condiciones de posesión requieren de un mecanismo epistémico. Lo anterior introduce condiciones de posesión que violan 1). En consecuencia, habría que plantear, o bien que las condiciones de posesión son inevitablemente epistémicas, o bien que es necesario reformular una nueva salida al problema del innatismo radical.

Para comenzar debemos poner de manifiesto el carácter complejo del problema de la naturaleza de los conceptos, sobre la base de los requisitos de adecuación 1), 2) y 3). Brevemente, puede decirse respecto de 1), que parece natural abordar el problema de la naturaleza de los conceptos desde un punto de vista ontológico. Tal punto de vista pretende encontrar aquellos factores que son constitutivos y, por lo tanto, metafísicamente necesarios de los conceptos. En consecuencia, poner de manifiesto dichos aspectos no requiere apelar a factores de carácter epistémico, pues éstos dependen de una diversidad de mecanismos de acceso a, y de uso de, los conceptos y su contenido, que dado su diversidad y variabilidad, resultan contingentes y, por lo tanto, no constitutivos de los conceptos. Esto, que parece obvio para las condiciones de individuación de conceptos, no lo ha sido para muchas de las aproximaciones actuales -tanto empíricas como filosóficas a los conceptos-, puesto que en el momento de abordar las condiciones de individuación lo hacen determinándolas por una concepción semántica y del uso de los conceptos, tomando en cuenta para ello factores epistémicos. En efecto, tener un concepto es tener su significado y saber usarlo, de modo que parece más o menos evidente que la formulación de dichas condiciones requiere apelar a capacidades epistémicas. Sin embargo, las capacidades o mecanismos epistémicos por sí solos, al ser variables y contingentes, no podrían servir de fundamento para formular condiciones constitutivas de los conceptos.

Respecto de 2), cabría decir que el problema de la naturaleza de los conceptos requiere la formulación de al menos tres condiciones Condiciones de individuación de un concepto, es decir, responder a la pregunta: ¿qué es un concepto?; ii) Condiciones de individuación de las propiedades semánticas de un concepto, es decir, responder a la pregunta ¿qué propiedades hacen que un concepto exprese algo o tenga un significado?; y iii) Condiciones de posesión de un concepto, es decir, una respuesta a la pregunta: ¿qué es tener un concepto?

Por último, de acuerdo a 3) una concepción filosófica adecuada de la naturaleza de los conceptos debiera dar una respuesta coherente a las tres preguntas antes mencionadas o, al menos, una de la cual pueda extraerse una concepción que abarque i), ii) y iii) en términos coherentes. Aquí utilizo el término 'coherencia' para dar cuenta del requisito de que todas las condiciones pertenezcan al mismo nivel de aproximación, en este caso, ontológico.

Una teoría empírica de los conceptos en ciencia cognitiva, o bien presupone, o bien declara explícitamente su respuesta a estas tres preguntas. Tales respuestas constituyen, por decirlo de alguna manera, los fundamentos ontológicos que están explícitos o presupuestos en la teoría.

Las aproximaciones tradicionales de la filosofía parten por el orden establecido más arriba --i), ii) y iii)--, aunque puede decirse que en la mayoría de los casos, una formulación exhaustiva de i) podría dar cuenta coherentemente de ii) y iii). Más contemporáneamente, la tendencia es partir, o bien de ii) o bien de iii) y suponer, que esto tendría que llevarnos forzosamente a una concepción de i). Como se verá, el orden de las respuestas no es indiferente. Hay, como lo expresa Fodor (1998), un subtexto metafísico, no debidamente justificado, que determina este modo de jerarquizar el problema de la naturaleza de los conceptos.

En efecto, usualmente los filósofos o cientistas cognitivos contemporáneos dan preferencia a uno de estos tipos de condiciones [[1]], de modo tal que, según lo expresado en 3), pueden desprenderse las otras condiciones a partir de lo que se ha formulado en primera instancia.

Sin embargo, y quizás debido a los fructíferos debates que se han suscitado a partir de la tradición en investigación experimental, iniciada por Rosch (1978, en Margolis y Laurence, 1999), la tendencia en la reflexión acerca de la naturaleza de los conceptos es no dar cabida a su consideración ontológica. O bien, basar las afirmaciones ontológicas en premisas epistémicas. En otras palabras, se intenta fundar consideraciones acerca de cómo son las cosas en premisas respecto de cómo podemos, si es que podemos, conocer esas cosas, o de qué capacidades o mecanismos epistémicos confiables depende su conocimiento.

Hay muchos motivos, entre los filósofos y los cientistas cognitivos, que han contribuido a este modo de considerar el problema, estos últimos algunas veces influidos por los primeros, pero no es relevante examinarlos aquí. No obstante, como antecedente del análisis ontológico que aquí se expone, vale la pena consignar la reflexión semántica de Kripke y el proyecto de Putnam (1975). Aun cuando podría decirse, como algunos de hecho argumentan, que las condiciones de posesión, aplicables a los términos de especie natural, y no a los conceptos, se formulan en términos epistémico-descriptivos; el acto bautismal de Kripke (1972) que da origen a la concepción causal del significado, y la dependencia del ground del significado de dichos términos respecto de los actos epistémicos de los expertos en Putnam.

Sin embargo, tales análisis no solamente ponen de manifiesto la relevancia del punto de vista ontológico, al menos en la individuación de propiedades semánticas, sino que también, y paradojalmente, exhiben el defecto de apelar, en definitiva, a algún tipo de dispositivo epistémico para dar cuenta de las condiciones de posesión. La cuestión central para los efectos de esta exposición es ¿de qué manera puede ponerse de manifiesto la naturaleza de las cosas, incluidos los conceptos, si no se considera una reflexión metafísica y ontológica que regule la posibilidad y la necesidad de las condiciones constitutivas de las propiedades abstractas, que las teorías en ciencia cognitiva ponen en las relaciones causales que subyacen a sus generalizaciones?

A continuación, intentaré mostrar que las jerarquizaciones contemporáneas de las condiciones cuya satisfacción daría cuenta de la naturaleza de los conceptos, y que siguen órdenes alternativos, dejan supuestos metafísicos sin aclarar ni justificar. Para ello seguiré el orden clásico, desde i) a iii), haciendo ver en cada caso cómo algunas de las teorías contemporáneas, filosóficas o provenientes de la ciencia cognitiva, introducen supuestos metafísicos no especificados, los que no son justificados debidamente. Estos problemas podrían visualizarse mejor si se diseñara una suerte de mapa o guía de las modalidades que se asumen contemporáneamente para formular los tres tipos de condiciones, --i), ii) y iii)-- y señalar en la descripción de ese mapa de qué manera, las distintas posiciones caracterizadas en esta geografía, caen en serias dificultades al priorizar o bien una concepción epistémica de la semántica o bien una concepción epistémica de las condiciones de posesión.

Este mapa debiera iniciarse configurando las vías disponibles para la formulación de las condiciones de individuación. Por medio de este seria posible visualizar de antemano los caminos inconducentes. Dichos caminos adquieren tal carácter puesto que priorizan las condiciones de individuación semántica y las condiciones de posesión, por sobre las condiciones de individuación de conceptos, a partir de premisas epistémicas. Una consideración critica de la visión clásica de los conceptos [[2]], de las teorías de prototipos y ejemplares [[3]], y de la teoría-teoría [[4]], permitiría concluir que las condiciones de individuación pueden formularse en términos no epistémicos, siendo innecesario apelar a una semántica y acondiciones de posesión de carácter epistémico. Esto proporcionaría un argumento en favor de la plausibilidad del Atomismo Informacional (AI). En lo que sigue, examinare más brevemente las vías propuestas para las condiciones de individuación semánticas y de posesión, ii) y iii).

Respecto de las primeras, el análisis podría seguir un camino similar al de las condiciones de individuación de un concepto, concluyéndose que el AI consigue formular condiciones de individuación de propiedades semántica, separando las determinaciones epistémicas provenientes de alguna versión de la semántica del rol conceptual. En relación a las condiciones de posesión, es posible contraponer la propuesta más acabada de la naturaleza de los conceptos, determinada por la condición de posesión de Peacocke (1992), con el AI. De este análisis puede concluirse que el AI de Fodor no mantiene la pureza ontológica de su análisis, en lo que respecta a sus condiciones de posesión.

Para Fodor poseer un concepto es tener pensamientos acerca de la propiedad que este expresa. De acuerdo a esto los mecanismos epistémicos no cumplen ningún rol esencial en la formulación de dichas condiciones de posesión. Sin embargo, para evitar la objeción de nativismo radical, introduce un dispositivo epistémico en virtud el cual es posible el anclaje (locking) entre el concepto y la propiedad, tal como lo afirma la semántica informacional. En el caso de los conceptos artefactuales --PICAPORTE, SILLA, etc.-- el dispositivo mediador es el sensorium innato, y en el caso de los conceptos de especie natural los dispositivos son las teorías más la administración de los recursos cognitivos construyendo ambientes experimentales. En el primer caso, el mecanismo no es cognitivo, lo que evitaría un planteamiento circular; en el segundo, los científicos en su intento de captar las propiedades esenciales referidas por sus conceptos, trascendiendo las apariencias sensoriales, recurren a la constitución de ambientes experimentales con el objeto de inducir a otros a la creencia de que una determinada ley es el caso.

Elaborando sobre las consideraciones de Recanati (2002), postulo que el AI de Fodor se articula sobre la base de un constreñimiento ontológico. Expresado este en términos negativo, estipula que hay que dejar de lado cualquier determinación epistémica, no solo para formular las condiciones de posesión, sino también las otras dos condiciones involucradas en el tratamiento de la naturaleza de los conceptos. El problema que surge es hasta qué punto este constreñimiento es satisfecho por las condiciones de posesión en el AI. Si el constreñimiento no es respetado, entonces o bien las condiciones de posesión son inevitablemente epistémicas, en cuyo caso quedan fuera de los márgenes de la ontología, como aparentemente sucede en Putnam, o bien hay que replantear la formulación de las condiciones de posesión, evitando la dependencia del locking de dispositivos intermediarios, y en este caso puede prescindirse de las condiciones de posesión en una ontología de los conceptos. Se hace necesario evaluar las posibilidades que el AI tiene para salir de los cuernos del dilema que he formulado.


REFERENCIAS

Carey, S. 1991/1999. Knowledge acquisition: Enrichment or conceptual change?. En S.
Carey y R. Gelman (eds.). The epigenesis of mind. Hillsdale, NJ: Laurence Erlbaum. Reimpreso en Margolis y Laurence 1999.

Fodor, J.A. 1998. Concepts: Where cognitive science went wrong. Oxford: Oxford University Press. (Hay traducción al español en Gedisa)

Fodor, J.A., M. Garrett, E. Walker y C. Parkes.1980/1999. Against definitions. Cognition, 8. Hay una versión abreviada en Margolis y Laurence 1999.

Kripke, S. 1972. Naming and necessity. Cambridge: MA: Harvard University Press. (Hay traducción al español en UNAM)

Lamberts, K. y D. Shanks (eds) 1997. Knowledge, Concepts, and categories. Cambridge, MA: MIT Press.

Margolis, E. y S. Laurence (eds.). 1999. Concepts: Core Readings. Cambridge, MA: MIT Press.

Murphy, G. 2002. The big book of concepts. Cambridge, MA: MIT Press.

Murphy, G.L. y D. Medin. 1985. The role of theories in conceptual coherence. Psychological Review 92. También en Margolis y Laurence 1999

Putnam, H., 1975. The meaning of ‘meaning’. En: S. Guttenplan (ed.) Languaje, Mind and Knowledge, Minnesota Studies in the Philosophy of Science, VII, University of Minnesota Press.

Recanati, F. 2002. The Fodorian Fallacy. Analysis 62(4)

Rosch, E. 1978 [1999]. Principles of categorization. En Margolis y Laurence (eds.) 1999.

Smith, E. y D. Medin. 1981. Categories and concepts. Cambridge, MA: Harvard University Press.


[1] Cf. Murphy, 2002, los cinco artículos iniciales de la compilación de Lamberts y Shanks, 1997, y el capítulo 1 de Laurence y Margolis, 1999.
[2] Cf. Murphy, 2002; Smith y Medin, 1981; Laurence y Margolis, 1999; y Fodor et al., 1980/1999.
[3] Murphy, 2002; Smith y Medin, 1981; Lamberts y Shanks, 1997
[4] Murphy, 2002; Murphy y Medin, 1985/1999; Carey 1991/1999


©Guido Vallejos Oportot

Elucidaciones y sinsentido en el Tractatus de Wittgenstein. Parte 1


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Guido Vallejos
Centro de Estudios Cognitivos
Departamento de Filosofía
Facultad de Filosofía y Humanidades
Universidad de Chile
Una dificultad con la que suele encontrarse el lector o el comentarista del Tractatus es que está basado en una paradoja. Casi todo el libro consiste en una serie de observaciones acerca de la naturaleza del mundo, el pensamiento, el lenguaje y las propiedades constitutivas de la lógica. Dichas observaciones muestran que la forma lógica es la esencia común y también el límite del pensamiento, el lenguaje y el mundo. Sin embargo, un discurso que sea acerca de la forma lógica es, para Wittgenstein, un sinsentido, ya que no se puede representar aquello que es la condición de posibilidad tanto de la representación como de lo representado.
Para Wittgenstein la filosofía no formula teorías ni descripciones abstractas del mundo, sino que es crítica del lenguaje. La crítica no consta de proposiciones que signifiquen hechos o estados de cosas que existen en el mundo. La filosofía consiste en elucidaciones que intentan presentar claramente los límites de lo que puede decirse, poniendo de manifiesto, al mismo tiempo, lo indecible. La presentación de los límites es suficiente para mostrar a aquellos que intenten sostener alguna tesis filosófica que van más allá de lo que puede decirse y que, por lo tanto, están profiriendo sinsentidos. Las elucidaciones no tienen un carácter normativo. Aquél que tiene la visión de los límites mediante las elucidaciones, sabe ipso facto que cualquier intento de trascenderlos es caer en el sinsentido.
No obstante, y dado que la propiedad esencial del lenguaje es su capacidad para representar los hechos del mundo con los que comparte su forma lógica, las elucidaciones tendrían que ser sinsentidos. Aparte de no tener un carácter representacional, son acerca de las propiedades que hacen posible que el lenguaje represente al mundo. Para Wittgenstein el lenguaje no podría representar aquello que es la condición de posibilidad de su capacidad representacional. Si pudiera hacerlo, tendría que estar más allá del límite de lo que puede decirse.
La proposición 6.54 del Tractatus pone de manifiesto el carácter paradójico que en definitiva asumen las elucidaciones que componen el libro. Han permitido cumplir la función delimitadora de la crítica del lenguaje, pero su carácter elucidatorio asume características semánticas paradojales. Por una parte, y en la medida en que trascienden los límites del lenguaje, no dicen nada puesto que son un sinsentido; pero, por otro, muestran los límites de lo que puede decirse con sentido, sirviendo con ello de freno a los impulsos de gran parte de los filósofos de trascender los límites del lenguaje.
Estas dos dimensiones de la primera crítica del lenguaje de Wittgenstein son manifiestamente paradojales. El lector bien podría tomar la noción de sinsentido en forma literal y las elucidaciones del Tractatus tendrían que ser sonidos o grafías incoherentes –gibberish es el término en inglés que utiliza Diamond 1991.1 Si así fuera, sería difícil que pudiéramos considerar al Tractatus como una de las grandes obras de la historia de la filosofía. Frente a esta opción extrema, el lector podría seguir las instrucciones que Wittgenstein impone a la lectura de su texto, y considerar, casi al final del Tractatus, que era necesario que comprendiera las elucidaciones, ya que de otro modo no podría haber tenido noción de los límites del lenguaje y, por lo tanto, no podría haberse percatado de que las elucidaciones eran sinsentidos. Pero esta opción más morigerada, si la comparamos con la primera, nos llevaría a una serie de problemas quizá peores a los que nos llevaba el carácter radical de la primera. Tendríamos que distinguir entre sinsentidos literales –o, si quiere, radicales-- sinsentidos no literales o débiles. Respecto de estos últimos habría que proporcionar algún tipo de justificación de por qué, pese a ser sinsentidos, se espera que provoquen en el lector la comprensión de ciertas verdades metafísicas fundamentales respecto de la naturaleza del lenguaje, su relación con el mundo y su significado. Sin embargo, resulta paradójico que a partir de expresiones que son, siguiendo al mismo Wittgenstein. sinsentidos literales pueda determinarse algún mecanismo de significación tal que provoque en el lector la comprensión de importantes verdades metafísicas.
En lo que sigue intentaré establecer si es posible o no describir ese mecanismo. Iniciaré la exposición con una breve presentación de la concepción metafísica del mundo, del pensamiento y del lenguaje en el Tractatus y contrastaré esa concepción con lo que Wittgenstein expresa en la proposición 6.54. A partir de este examen se pondrá de manifiesto en forma clara el carácter paradojal que asume finalmente la filosofía del Tractatus. Sobre la base de los expuesto, examinaré la concepción que John Wisdom tiene de la función que en su opinión cumpliría el discurso filosófico, en contraposición a las demostraciones matemáticas y al discurso de la ciencia en general. Intentaré determinar si la concepción de Wisdom puede servir al menos como punto de partida para describir el modo en que el dicurso del Tractatus, pese a ser un sinsentido, puede de algún modo comunicar contenidos metafísicos importantes. Para Wisdom el discurso filosófico –así como el del psicoanálisis-- 'casi llega a probar algo' y, por ello, constituye una paradoja. Sobre esta base podría afirmarse, al menos en principio, que el discurso tractatista compartiría este carácter paradójico ya que sería un intento de mostrar las propiedades constitutivas del mundo el pensamiento y el lenguaje sin decir nada acerca de ellas. Sin embargo, plantearé que si las características que Wisdom atribuye a lo que él denomina el discurso paradójico de la filosofía y del psicoanálisis se aplican al Tractatus, la fuerza de las verdades metafísicas que supuestamente el libro transmitiría se debilitaría.
1. Puede decirse que para Wittgenstein la propiedad esencial del lenguaje es representar los hechos del mundo a través del pensamiento. El lenguaje expresa pensamientos que son figuras lógicas de los hechos. Los pensamientos son intencionales en la medida en que los elementos del la figura tocan los objetos del hecho. La relación entre los elementos de la figura y los objetos posibilita un método de proyección que permite que la figura muestre su sentido. El sentido que la figura muestra es que los objetos están estructurados en el hecho de una determinada manera. Para ello la figura debe tener la misma estructura que el hecho que figura. es ámbito señalados en primer término, Wittgenstein pasa a mostrar que los problemas tradicionales de la filosofía trascienden los límites de primeros ámbitos mostrar que esta paradoja adquiere su real significación si se tiene en cuenta que los propósitos filosóficos de Wittgenstein están canalizados a través de elucidaciones. Están no son proposiciones propiamente tales, razón por la cual son un sinsentido, aunque, como dice Wittgenstein en la proposición 6.54, quien las comprende puede trascenderlas y tener la visión justa del mundo y de lo que trasciende los límites de éste.
Mediante elucidaciones Wittgenstein traza los límites del lenguaje a partir del análisis del lenguaje mismo. Todo lo que queda al otro lado del límite corresponde a lo que no se puede decir y es, por consiguiente, un sinsentido. Lo que caracteriza esencialmente al lenguaje es la forma lógica. Pero de ella, dirá Wittgenstein, no se puede hablar, pues habría que situarse fuera de la lógica y, en consecuencia, del lenguaje. (Esto será tratado en profundidad más adelante; por ahora interesa destacar estos elementos para hacer una caracterización clara de la llamada paradoja del silencio.) El intento de establecer los límites del lenguaje lleva necesariamente a hablar de la forma lógica, con lo que inevitablemente se cae en el sinsentido, pues se dice lo que no puede decirse. Sin embargo, Wittgenstein es consciente de la paradoja pues en una de las últimas proposiciones del libro dice:
El verdadero método de la filosofía sería propiamente éste: no decir nada, sino aquello que se puede decir; es decir, las proposiciones de la ciencia natural [...] Este método dejaría descontentos a los demás —pues no tendrían el sentimiento de que estábamos enseñándoles filosofía—, pero sería el único estrictamente correcto. (TLP, 6.53)
Casi el terminar el trazado de los límites, cosa que se ha propuesto en el Prólogo, el autor pone de manifiesto que todo su discurso es un gran sinsentido; ha transgredido los límites del lenguaje, ha hablado de lo que no se puede hablar y, en consecuencia, no ha dicho nada. Sin embargo, el lector sólo se da cuenta de que el discurso del Tractatus no tiene sentido cuando a través de él puede acceder a un ámbito distinto, más allá del lenguaje, y tener “la justa visión del mundo” (TLP, 6.54). Con todo, es paradójico pensar que el discurso filosófico wittgensteiniano, que resulta ser finalmente un gran sinsentido, haya tenido previamente para el lector —es decir, cuando aún éste no posee la justa visión del mundo—algún sentido.
La reacción obvia frente a la situación que se ha descrito es pensar que la totalidad del discurso es un sinsentido y que nada se ha dicho. No obstante, puede argüirse, desde la perspectiva de Wittgenstein, que si bien nada se ha dicho, se han mostrado los límites del lenguaje y con ello lo que está más allá del límite. Esta contraargumentación, empero, no tiene en cuenta lo que el propio Wittgenstein ha dicho en 6.54:
Mis proposiciones son elucidaciones de este modo: quien me entiende las reconoce al final como sinsentidos, cuando mediante ellas —a hombros de ellas— a logrado auparse por encima de ellas. (Tiene, por así decirlo, que tirar la escalera una vez que se ha encaramado en ella.)
De acuerdo a lo que Wittgenstein expresa en esta observación quien entiende sus propósitos a pesar de que finalmente reconoce que sus elucidaciones son un sinsentido es capaz de trascenderlas y tener la visión correcta de las cosas. Ciertamente, afirmar que sus proposiciones son un sinsentido y que al mismo tiempo provocan algún tipo de comprensión filosófica en el lector tiene al menos el aired de una paradoja. Al respecto, Russell manifiesta en su Introducción al Tractatus:
[...] después de todo, Wittgenstein encuentra el modo de decir una buena cantidad de cosas sobre aquello de lo que nada puede decirse, sugiriendo así al lector escéptico la posible existencia de una salida.
En defensa de Wittgenstein habría que decir que en la medida en que sus elucidaciones no afirman hechos. Por lo tanto no pueden ser evaluadas como verdaderas o falsas. Si lo que se dice con sentido solamente está restringido al ámbito de las proposiciones y si las elucidaciones, contrariamente a las proposiciones, no son ni verdaderas ni falsas, entonces son un sinsentido. No obstante ello, muestran al lector los límites de lo que puede decirse con sentido. Y con ello lo que está más allá de los límites. Al mostrar lo que está más allá de los límites del mundo, de lo pensable y de lo decible, Wittgenstein muestra al lector la esfera en que, en su concepción, se ubica el pensamiento, el discurso y los tópicos de la filosofía, sin decir nada acerca de ello.
[...] he acertado en mi libro a ponerlo todo en su sitio de una manera firme, guardando silencio sobre ello.(Citado por Janik y Toulmin 1974: 243)
En este punto adquiere plena significación otro aspecto de lo que más arriba he denominado la paradoja del silencio. El autor no ha dicho nada acerca de lo que es filosóficamente relevante. Ha guardado silencio sobre ello y ha logrado poner “todo en su sitio de una manera firme”. Este silencio es sumamente peculiar pues ha sido logrado a través del lenguaje; pero de un lenguaje —el de las elucidaciones— que al carecer de sentido no dice nada. Por más que se intenta romper la paradoja los intentos resultan imposibles, pues no se puede, en sentido estricto, comunicar algo guardando silencio en torno a ello. De acuerdo a esto, la expresión guardar silencio no debe ser entendida aquí literalmente, pues de hecho no se guarda silencio para comunicar, mostrándolo, aquello que se intenta comunicar. Más bien podría decirse que se guarda silencio sobre ello no comunicándolo de manera directa, sino indirecta. Siguiendo esta línea de reflexión, el discurso del Tractatus, además de hablar de lo que no se puede hablar, no está destinado a comunicar aquello que sus proposiciones pudieran significar (si es que algo significan), sino que apuntan a algo distinto que las trasciende; son meramente un medio para alcanzar una visión que no les es inherente como significación.
Teniendo presente lo que he señalado puede entenderse mejor la proposición 6.54. Wittgenstein supone que el lector que sigue atentamente el discurso filosófico tractariano, llegará en un momento a tener “la justa visión de mundo”, lo que, a su vez, lo llevará a darse cuenta de que la totalidad del discurso que le sirvió de apoyo (o escalera) para acceder a tal visión carece totalmente de sentido desde el momento que uno se ha percatado de que ha cumplido su función de medio.
Se podría objetar, como se dijo al comenzar esta sección, que el discurso ya carece de sentido desde el momento que versa sobre lo que está más allá de los límites del mundo, del pensamiento y del lenguaje, y que, por lo tanto, mal podría cumplir su función de medio. A lo que habría que responder, siguiendo la analogía wittgensteiniana de la escalera, que no importa el material de que ésta esté construida, siempre y cuando cumpla su función elucidatoria.
Respecto al carácter paradójico que asume el Tractatus, y en general el discurso filosófico, el filósofo británico John Wisdom considera que el empleo de las paradojas lleva la reflexión por caminos poco comunes mostrando lo que, manteniendo los modos tradicionales de reflexión, no se habría visto o habría resultado demasiado aburrido. Al Respecto Wisdom afirma:
Algunas veces la reflexión [...] está todavía lejos de aburrir porque no sigue las líneas convencionales, sino que presenta las cosas familiares conectadas bajo formas en las que antes no las habíamos conectado. Entonces, son nuevas palabras y metáforas y paradojas y contraparadojas lo que necesitamos. Un filósofo al no disponer de nueva información y al no poder entretenernos y asombrarnos de la forma en que lo puede hacer un matemático, no le queda otra alternativa que la de ser paradójico o aburrido. Los filósofos metafísicos no son una excepción. Afortunadamente a menudo son paradójicos. (Wisdom, ).
De acuerdo a lo expresado por Wisdom en el pasaje citado, pese a que uno puede explicitar el uso peculiar que se hace del lenguaje en esa situación, siempre queda la impresión de que lo que se ha querido decir es y no es apropiado. Al respecto, Wisdom dice que el efecto que tiene el carácter paradójico del discurso del filósofo metafísico es similar al que tienen las interpretaciones de la conducta de raigambre psicoanalítica. En estos casos se tiene la impresión de que hay razones en pro de tales interpretaciones y razones en contra. Esto provoca que sea imposible diseñar una prueba exhaustiva de dichas interpretaciones. Al respecto Wisdom afirma:
Imaginemos que un matrimonio vuelve a casa después de haber asistido a una conferencia introductoria sobre psicoanálisis. Van caminado en silencio hasta que de pronto el marido dice: ¡Vaya una mezcolanza! ¡Y llaman a eso ciencia! ... La mujer replica: ‘Pues yo creo que casi llegó a probar sus afirmaciones centrales’. ¡Llegar casi a probar!’ —ironiza el marido—; ‘he oído hablar de la demostración matemática y de la prueba científica, pero nunca de llegar casi a probar algo’. Podemos suponer que esta respuesta ha logrado silenciar a su mujer, pero ¿tiene que ser necesariamente así? De ningún modo, pues ¿no es aquello a lo que ella se refiere mediante la expresión ‘llegar casi a probar algo’ precisamente el tipo de prueba adecuada a las paradojas? (Wisdom 1964: 267)
Llevando las consideraciones de Wisdom al paradojal disurso del Tractatus, puede afirmarse que en un sentido Wittgenstein ha puesto todo firmemente en su sitio al guardar silencio sobre ello; pero en otro sentido no lo ha hecho. Al concluir que su discurso es un sinsentido, aparentemente no ha dicho nada; pero para lograr su propósito mostrativo ha tenido que utilizar el lenguaje, aunque más allá de los límites del sentido. La paradoja sigue vigente: si el Tractatus consta preferentemente de sinsentidos, de qué manera el lector, aparte de reconocerlos como tales, comprendió que Wittgenstein estaba intentando mostrar los límites del mundo, de lo decible y lo pensable y lo que había más allá de dichos límites. En otras palabras, parece razonable, por una parte, aceptar que lo que el Tractatus expresa son sinsentidos; pero por otra, los que comprendieron a Wittgenstein llegaron a tener una idea de los límites y de lo que estaba más allá de ellos. ¿Cómo es posible llegar a comprender esto último, si aceptamos al mismo tiempo que las elucidaciones del Tractatus son un sinsentido?


1 Debo hacer presente que aquí solamente apelo, con propósitos de clarificación, al término usado por Cora Diamond para caracterizar el sinsentido. Pese a que su lectura austera o resuelta del Tractatus considera las elucidaciones como gibberish, la descripción extrema y grosera inicial que he hecho de los sinsentidos solamente intenta poner las bases iniciales para formular el problema que aquí intento tratar y no se relaciona en ningún caso con lo que ella realmente propone.

©Guido Vallejos Oportot